LBP nº 12 La Pasión de mandar (1)

LA PASIÓN DE MANDAR (1)

Probablemente sea Don Gaspar de Guzmán uno de los personajes que mejor encarnan la pasión de mandar 1. Pero adviértase desde ya que ni las firmes convicciones ni la ambición del empeño aseguran el acierto de la empresa.

Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de Sanlúcar la Mayor llegó al valimiento en el año de 1621, de manos de Felipe IV, y siendo su antecesor directo su tío D. Baltasar de Zúñiga. Aclamado por todos los que deseaban la regeneración del país 2. , incluído Quevedo, su mano se hizo sentir de inmediato.

Nos lo muestra Trevor Davis:

Reconociendo que España había descendido ya bastante por el declive que la Ilevaría a la ruina económica, se propuso restaurar ante todo la prosperidad del país. Para lograrlo, arbitró -adoptándolos a menudo con más vigor momentáneo que con perseverancia- tres medios principales:

Primero: combatir la corrupción, el lujo extravagante y la inmoralidad, tratando de fomentar en su lugar la sencillez, la frugalidad y la laboriosidad;

Segundo: debilitar el poder de las Cortes en las diversas provincias o «reinos» y «principados» de la península,

y Tercero: procurar la centralización, bajo un único Gobierno que rigiese los destinos de toda España, y la gradual eliminación de las fronteras entre sus distintas regiones.

 

LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN y la venalidad administrativa la inició entablando juicios y encarcelando a los personajes que habían abusado de cargos importantes durante el reinado anterior.

Así, el duque de Osuna, que había desempeñado con brillantez y magnificencia las funciones de virrey de Nápoles y Sicilia, fue reducido a prisión por malversaciones y enriquecimiento indebido. A su retorno de Nápoles había deslumbrado a la corte con el principesco boato de su casa. Tenía por costumbre pasear por las calles de Madrid seguido de 20 carrozas. A un torneo que se celebró en la plaza Mayor se presentó con un séquito de 100 lacayos uniformados con libreas azules galoneadas de plata.

Olivares no dudó en desplegar sus redes para atrapar piezas todavía más gordas: el antaño poderosísimo Duque de Lerma, sin que le valiese la dignidad cardenalicia en que se había amparado, fue recluido en Tordesillas, y aunque se le hubo de poner en libertad por la intervención del papa y del Colegio cardenalicio, fue no obstante perseguido por los tribunales y condenado a pagar al Tesoro la bonita suma de 72 000 ducados con todos sus atrasos de veinte años, en concepto de restitución de las rentas y riquezas que se estimó había robado al país durante su valimiento.

El hijo y sucesor de Lerma, el Duque de Uceda, recibió orden conminatoria de retirarse a su casa. De allí se le Ilevó al castillo de Torrejón de Velasco, y se le condenó a pagar una multa de 20 000 ducados y mantenerse alejado de la corte durante ocho años. Habría padecido aún más procesos de no ser por la intervención de Felipe IV en persona.

Fray Luis de Aliaga, confesor que fue de Felipe III y del duque de Lerma, así como inquisidor general -y a quien se consideraba la tercera figura del reino-, salió desterrado de la corte en abril de 1621 y fue encarcelado en el monasterio de Huete.

Don Rodrigo Calderón, condenado ya a finales del reinado anterior, aunque con esperanzas de obtener el perdón, fue ahora ejecutado en la plaza Mayor de Madrid.

 

UN ATISBO DE REFORMAS:

El celo reformista de Olivares fue muy acicateado por las enérgicas quejas de las Cortes de Castilla, reunidas antes de concluirse el año 1621. Venían quejándose insistentemente desde los tiempos de Carlos I, pero esta vez formaron un lamento de desesperación seguido de peticiones de medidas mucho más radicales que las que se habían propuesto hasta entonces.

Uno de los procuradores por Granada, Don Mateo de Lisón y Biedma, trazó en su discurso un patético cuadro de las desastrosas condiciones en que se hallaba postrada la monarquía, con su ingente número de burócratas y sus incontables abusos y desórdenes administrativos. Describió un país en el que «las gentes no hacen más que vagabundear por los caminos comiendo hierbas y raíces o trasladándose a otros reinos y provincias”, y afirmó que esto sólo se acabaría liberándolas de la ruinosa alcábala y de otras perniciosas exacciones que no parecía sino que se hubiesen inventado para impedir el trabajo honrado y las empresas esperanzadoras.

El principal motivo de queja era la dispendiosa y opresiva manera de recaudar los tributos, en cuyo cobro, tramitaciones y mantenimiento del personal que las efectuaba se invertía a veces más de lo que se recaudaba. Así, en las tasas y monopolios, como los naipes, el mercurio, la pimienta, etc., cada uno por separado tenía sus respectivos tribunales, jueces, funcionarios y procedimientos particulares, con lo cual los que explotaban la recaudación o el monopolio en cuestión eran virtualmente jueces y partes al mismo tiempo, y a los desdichados contribuyentes o compradores no les quedaba posibilidad de que se les hiciera justicia. El sistema legal presentaba tales características que el ser perseguido legalmente por la menor cantidad adeudada en concepto de tributos significaba la ruina. De ahí que los campesinos abandonaran sus propiedades y se dieran al vagabundeo.

Olivares atendió con más diligencia que la mayoría de los gobernantes de Castilla las representaciones y demandas de sus Cortes:

 En 1622 nombró una “Junta de la reformación de las costumbres” con el muy laudable propósito de impedir Ia práctica, usual entre los políticos y funcionarios, de enriquecerse a costa de las arcas del Estado. El cometido principal de la junta consistiría en registrar las propiedades de todos los que habían sido ministros del rey desde el año 1592 y compararlas con el total activo que poseyeran en el año anterior al del comienzo de sus funciones públicas. La diferencia podría darse por descontado que representaría la suma de sus defraudaciones al Tesoro.

 Con un fin similar se ordenó por real decreto (16 de enero de 1622) que, en adelante, todas las personas que fuesen designadas para ocupar altos cargos en el Estado deberían presentar, en su toma de posesión, una declaración jurada sobre la cuantía de sus bienes y pertenencias. Y cada vez que fuesen trasladados o promocionados tendrían que presentar otro inventario, de modo que se pudiese comprobar el estado de sus fortunas en cada fase de sus carreras.

 Una pragmática de algunos meses después (8 de mayo) declaraba que se haría acreedor a severos castigos todo aquel que ocupando un cargo de responsabilidad tratase de ocultar la verdadera cuantía de sus bienes.

Fácil es imaginar la enorme resistencia que semejantes medidas encontrarían para su implantación eficaz entre los políticos y los funcionarios civiles. En consecuencia, pronto dejaron de estar vigentes.

Se aceptaba que si Castilla y la Monarquía querían mantener su primacía debían adaptarse a las realidades de la vida internacional y el mundo altamente competitivo del S.XVII.

El intento de promover la prosperidad y convertirla en poderío requería reformas de largo alcance, económicas, militares, institucionales, entre las que se barajaron:

crear compañías de comercio como la holandesa de las Indias Orientales “Poniendo el hombro en reducir los españoles a mercaderes” en palabras de Olivares; cambios fiscales radicales y reorganizar el sistema militar, construyendo una poderosa Armada. 3.

LA POLÍTICA BELICISTA de Olivares no fue fruto del arrebato sino de consideraciones religiosas, económicas, geoestratégicas, en un contexto pesimista sobre el panorama internacional. La tregua con Holanda había sido desventajosa para España: no se rebajó el gasto militar y en cambio el comercio holandés subvertía la economía de Castilla y el comercio atlántico. El dinero holandés financiaba a los enemigos de la Casa de Austria en toda Europa. Se pretendía estrangular el comercio holandés, base del éxito de esta república, para forzarlos a un tratado de paz más favorable que el de 1609, que se consideraba humillante. Olivares siguió en esto durante dos décadas de poder las líneas maestras de la política diseñada por su tío Zúñiga.

EL PRECIO DE LA REPUTACIÓN:

Una política de reputación 4. como sin duda lo era la política de Olivares estaba condenada a ser costosa y levantar dudas sobre las prioridades.

Y primaron las consideraciones políticas sobre las financieras. Hasta 1625 parecieron compatibles reformación y reputación, pero todo dependía de la capacidad del Conde-Duque de conseguir victorias en un tiempo razonable. Las consiguió, pero no la paz.

Sus planes de restauración de la Real Hacienda y renacimiento económico se truncaron por los gastos bélicos y los desórdenes monetarios. Sus proyectos de reforma fueron sistemáticamente obstruídos por los grupos de privilegio en la sociedad castellana y la burocracia.

En 1627 llegó la primera bancarrota del reinado de Felipe IV. Fue una maniobra calculada para reducir la dependencia de los banqueros genoveses haciendo entrar en juego a negociantes portugueses. Pero la combinación de impuestos y precios altos hacía impopular al que en 1621 accediera al poder con aclamaciones.

Necesitado de algún éxito espectacular, es sabido que es más fácil conseguirlos en política exterior, así que se embarcó en una intervención en Mantua, fácil en apariencia, pero que por tres años obligó a España a luchar en dos frentes, poniéndola al borde del colapso y obligando a aflojar la presión en los Paises Bajos justo cuando se estaba a punto de obtener resultados.

En suma, la primacía de los asuntos exteriores significó el abandono del programa de reforma interna del Conde-Duque . La reformación había sido sacrificada en aras de la reputación.

NOTAS:

1. Ver el estudio de Marañón: Olivares, La Pasión de Mandar.

También está el juicio que sobre él emite Trevor Davies: “Hallándose Felipe III ya en la agonía, Olivares le dijo al conde de Uceda, privado y primer ministro de aquel rey: «A esta hora todo es mío». «todo?», preguntó el duque. «Sí -repuso Olivares-, todo, sin faltar nada.» Y su confianza estaba plenamente justificada: pronto fue el ministro más poderoso de cuantos tuvieron los monarcas españoles. A la posteridad le sería mejor conocido que la mayor parte de los demás personajes históricos, por los muchos retratos suyos que se han conservado, debidos a los pinceles de Velázquez o atribuidos -otros- a este genial maestro de la pintura. Por ellos se ve que Olivares era hombre de figura maciza y corpulenta, cabeza cuadrada, ojos negros y brillantes, empinados mostachos y barba aperillada en forma de abanico, y que en conjunto daba impresión de arrogancia y autoridad. Entre los ministros españoles de la Corona sobresalió por estimar el poder más que las riquezas y por cifrar sus móviles en la ambición y no en la avaricia. Para entenderle debidamente hay que compararle con otros grandes contemporáneos suyos, como Richelieu, Strafford, Oliverio Cromwell, Wallenstein y Oxenstierna, hombres todos ellos que no buscaron en el poder la indulgencia para consigo mismos, sino que se sacrificaron por lo que consideraban el mayor bien para sus respectivos países.

Olivares trabajó recia e incansablemente, con la ayuda de su tío don Baltasar de Zúñlga -antiguo preceptor del infante-, persona de grandes prendas de carácter y muy capaz y experimentado en los asuntos políticos.” (vid Trevor Davis,R. “La Decadencia española” Ed. Labor,1972)

2. La conciencia de la decadencia (declinación) en la Castilla de Felipe IV dio lugar a un creciente y clamoroso movimiento en favor de la reforma: ministros, mercaderes, patricios, las Cortes de Castilla, todos clamaban por una reformación general de la moral y las costumbres, de la Hacienda, las actitudes y las políticas económicas y de la inicua estructura tributaria de Castilla y la monarquía en general. Coincidía ello con la demanda de renovar el poderío militar y naval español, restaurando la autoridad de España en el mundo.

Zúñiga y Olivares se colocaron en 1621 a la cabeza del movimiento.

3. Aquí puede inscribirse el proyecto de la Unión de Armas, de 1626, en virtud del cual todos los reinos debían proporcionar una cuota fija de hombres pagados para la defensa de la Monarquía, movilizando recursos de forma más efectiva, y que puede verse también como una primera fase para crear una monarquía realmente unida.

4. Saavedra Fajardo en su obra Idea de un Príncipe Político Cristiano representada en cien empresas (1640). Empresa 31. expresaba el lugar común de la reputación en el s.XVII : “En no estando la Corona fija sobre esta columna derecha de la reputación, dará en tierra”

El siglo XVII está obsesionado por la apariencia, y su realce o transformación es parte del arte del estadista. La manera en que Olivares usó el ceremonial, la propaganda y la creación de imagen, intentando extender su poder, es paradigmática de las monarquías de su siglo, y anticipa regímenes posteriores.

  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: