LBP nº 9. El Capital Humano

 

EXTRA DE ECONOMIA.


El Capital humano.

Vivimos en una sociedad compleja que requiere un elevado grado de aprendizaje en sus ciudadanos, por más que sea mayor o menor según la posición desde la que el individuo interactúa y las expectativas que en él se han depositado.

Desde la más temprana edad somos iniciados en conocimientos simbólicos de diverso tipo, pasamos por una etapa de enseñanza obligatoria y cuasi-gratuita y aprendemos que el conocimiento es poder, y que la posición social puede depender del acceso a una enseñanza superior ó una especial capacitación profesional.

Todo esto viene a señalar la masa de ingentes recursos que al menos hasta la mayoría de edad los progenitores destinan a través de impuestos ó de contribuciones directas a la formación de sus hijos, y el interés que la sociedad misma tiene en obtener al final del proceso unos ciudadanos con unas pautas de conducta socialmente aceptables y capacitación técnica-teórica-simbólica adecuada.

Todos estos recursos invertidos pueden traducirse en corrientes de pagos monetarios. Son al final, un capital que se emplea en reunir y combinar diversos elementos para obtener al cabo del tiempo, en un ciclo largo, un resultado final intangible pero contrastable e incorporado a un ser humano y que ha venido a llamarse capital humano.

Durante siglos este capital ha sido la única posesión de la mayoría de los hombres libres, o la más significativa, e incluso un privilegio si se considera que la esclavitud se lo ha negado en su día a la mayoría de los seres humanos.

Con el tiempo se demostró que poseerse a sí mismo no bastaba para ser libre, pero sobre esto no nos extenderemos.

Lo nuevo de este siglo está en el alto valor de intercambio del capital humano. La dilatación de los estudios, la multiplicidad y complejidad creciente de los conocimientos y el traslado de la competencia por el prestigio social al campo del aprendizaje han dilatado el ciclo de formación del capital humano, absorbiendo más recursos financieros y encareciendo de mil modos el producto. Se habla ya de la formación continuada, fenómeno que apunta a dos vertientes: una, como si de otro tipo de capital se tratase, evitar la obsolescencia técnica. Dos, la formación bajo un nuevo prisma: No como inversión sino como entretenimiento. La enseñanza como consumo final.

Esta nueva óptica del capital humano nos conduce a reconsiderar el mercado de trabajo, y aporta argumentos para replantear la naturaleza misma del trabajo, como ya hemos expuesto en otros escritos.

Tradicionalmente la empresa considera el trabajo como un coste, y como tal se refleja en la contabilidad, como los costes de materia prima, suministro energético, financieros de capitales externos, servicios…

Entendemos que el trabajo no puede considerarse como un coste más, dado que frecuentemente es el único capital o fuente de ingresos de que dispone el ciudadano para asegurar su subsistencia, su ejercicio como tal y su integración social, y dado además el largo y especial ciclo de formación del capital humano en occidente.

Descriptivamente, el comportamiento del empresario hacia el capital humano se asemeja históricamente al que observa respecto a los recursos financieros o capitales ajenos. Paga un precio (interés o salario) por su utilización y trata de situarse en lo que se conoce como apalancamiento financiero. Esto para los marxistas, enlazando con la teoría del valor sería obtener una plusvalía.

En realidad, la única justificación económica del efecto apalancamiento financiero reside en asumir el empresario el riesgo de obtener o no una rentabilidad económica por encima del precio de utilización de los recursos ajenos, que deberá satisfacer en todo caso. Lo demás, son juicios morales sobre este modo de proceder, independientemente de que podamos expresar preferencia por la participación en beneficios u otros modos de estructuración social del proceso productivo.

 

La tendencia de fin de siglo es el desplazamiento del capital humano nacional por dos medios:

Bien sea reemplazado por técnicas de producción intensivas en capital físico, lo que a la postre representa optar entre una mayor capitalización interna de la empresa, con el descenso relativo de la rentabilidad de los recursos propios, o bien el recurso a capitales ajenos, para obtener de nuevo un efecto de apalancamiento, opción que colateralmente aumenta la demanda de recursos financieros y teóricamente presionaría al alza los tipos de interés.

O bien sea reemplazado por capital humano extranjero, lo que es posible en sectores de capital humano con poco “valor añadido” y que puedan, al amparo de la transnacionalización de la economía, trasladar sus procesos de fabricación hacia países en desarrollo, cuya economía crece gracias al dumping social que les permite practicar el tener regímenes autoritarios y un bajo nivel de derechos sociales.

Nos encontramos con un capital humano costoso de obtener en tiempo y recursos, abocado a una creciente tecnificación que le permita prevalecer sobre la competencia del trabajo extranjero y a una formación continua que impida su obsolescencia en el mercado.

Prescindir del trabajador nacional es un egoísmo socialmente oneroso y a la larga ruinoso para la propia empresa porque malbaratamos recursos y añadimos gastos.

Sólo garantizando una fuente de recursos lo más estable posible se hace factible la integración social de los ciudadanos y vivir en una sociedad democrática y serena, sin incertidumbres añadidas al proceso económico. El largo ciclo de formación del capital humano de un país precisa también esa estabilidad.

Producir en el extranjero o comprar productos foráneos – que viene a ser parecido- puede parecer más barato al empresario o a nuestro consumidor “soberano” pero no es una decisión neutra sino perjudicial a medio y largo plazo, que más que evitar incurrir en costes lo que hace es aumentarlos:

Primero, generando desempleo. Con ello, quedan inactivos recursos cuyo coste de formación ya se ha asumido, lo que equivale a comprar una máquina y no utilizarla. Además, como normalmente se prescinde, caso de tener que hacerlo, de lo que no es menos valioso, el capital humano ocioso será el de calidad peor o cualidades menos deseadas, con lo que la sociedad deberá asumir el coste de formación en reciclaje, o su manutención indefinida (población pasiva) se haga a través del Estado o de la familia.

Segundo: expulsando recursos hacia el exterior (que contribuyen a crear empleo fuera) Esos recursos serán los que faltarán para sostener a la población inactiva (bien sea vía salarios, a través del presupuesto familiar, bien sea vía pensiones y transferencias, a través del presupuesto público, que procede de las cotizaciones sociales y de los impuestos.)

Tercero: Como quiera que a esos gastos (desempleo, educación, pensiones, etc.) se ha de hacer frente de todos modos, deberán repartirse entre el resto de la población activa del país, con lo que se tocará a más = se pagará más (más impuestos, más cotizaciones) o bien habrá que tomar prestado = aumento de las deudas públicas y privadas, presionando sobre los tipos de interés.

Cuarto: El desempleo inicialmente creado tiende a multiplicarse porque hará descender a corto plazo el consumo privado de bienes y servicios, deprimiendo las expectativas, creando stocks invendidos, recursos productivos ociosos y retrasando posibles decisiones de inversión, que se verán condicionadas, además, por la elevación de los tipos de interés.

De donde resulta, en suma, un claro fallo del mercado. La búsqueda del provecho individual que conduce a dejar ocioso el capital humano nacional no desemboca en ningún óptimo colectivo, sino en un despilfarro de recursos y la cadena de ciclos recesivos que desde los 70 tan bien conocemos.

José Mª Lombardero.


 

 

Con el sudor de tu frente.

Apunte de urgencia.

 

Lunes, 2 de Octubre de 1995. Villa de Gracia. bajos donde se ubica el establecimiento “jugolandia”. Cinco de la tarde. Una muchedumbre se agolpa a sus puertas cerradas. Lentamente se va formando una cola, compuesta en su mayoría por chicas jóvenes de alrededor de los 20 años. Son más de cincuenta, pero no es ninguna fiesta ni se regala nada. No se conocen, y hay una tensa espera, como cuando los peones esperaban alineados la elección del amo. Recuerdo que el año pasado por las mismas fechas ya vi rondar una o dos personas en busca de trabajo. Pero estamos en 1995, y dicen los entendidos que las grandes cifras se recuperan.

Yo, pobrecito hablador, hidalgo del desempleo, sólo cuento lo que veo. Hay alguna carpeta de la Universidad de Barcelona, del curso 95-96, donde por cierto, sólo para el área II (25 plazas aproximadamente entre Derecho, Económicas y empresariales) existe una lista de espera de 126 personas para las becas de colaboración en bibliotecas. Estas son mis grandes cifras.

Se abren las puertas y comienzan a desfilar. Salen con sobres y cuestionarios que rellenan sobre el capó de los coches. Mientras, una afortunada barre la acera para preparar la terraza y un magrebí decide que no es buen sitio para vender alfombras y marcha en una furgoneta.

Yo lo observo todo ahora desde mi palco pequeño-burgues y preferente, pero estoy tan a dos velas como ellos. Son las 17.45 cuando me pongo manos a la obra con este escrito y aún afluye gente…

¿ Quo Vadis, Hispania?.

J.M.L. – El Librepensador.

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