Irse en espantada

Aprovechando el comienzo del período vacacional, uno de esos amigos de toda la vida que se van convirtiendo en virtuales me envía un correo comunicando su irrevocable dimisión en la República Literaria. Alfons, creías que lo iba a dejar pasar? pues va a ser que no.
Uno se queda un poco perplejo.
Cierto es que en la diaria degustación y análisis de la telebasura he llegado a ver cómo los contertulios de un programa chusco de máxima audiencia tienen a gala abandonar el plató cada vez que se zahiere su piel fina de elefante.
Ha calado hondo el gesto en las costumbres de un pais famoso porque aquí nadie dimite? Bien, sí, hubo dos excepciones: Adolfo Suarez en 1981 y el ministro de Justicia e interior Antonio Asunción cuando se fugó Roldan. Pero no vienen al caso.

El caso es que el arriba mencionado no ve el momento ni la utilidad de seguir enviando de ciento en viento a los amiguetes sus reflexiones. A lo peor los amiguetes, corroidos de insana envidia de sus talentos no le hemos reconocido lo bastante. Pero la vida es cruel, chico.
Yo sólo te digo públicamente dos cosas:
Una, si tienes algo que contar, decir o aportar, una misión que cumplir… deja de gimotear y tira p’alante!
Dos, procura eso sí, que tu palabra mejore el silencio, pero no hace falta que sea ahora mismo. Date una moratoria. Yo creo que a ti te va y te conviene escribir, aunque sean nonsenses
Tuyo afectísimo
El Librepensador

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Internet como memoria

La web es una gran memoria, colectiva e individual. 

Poco a poco, en cientos de sinapsis frágiles y aparentemente anarquicas pero sospecho que regidas por las lógicas de la complejidad,  se teje a retazos el paso de los ciberconectados por la sociedad real y virtual, nuestras filias y fobias, ilusiones y pasiones que en su dia fueron, y en igualdad de riesgo y condiciones todo aquello que perdurará y hubieramos querido borrar y todo lo que deseando rememorar se desvanecerá en el eter, por un error, por un cambio de servidor o ves a saber qué, pues no es el eter menos frágil que nuestros recuerdos.

Internet sabe recordar tan bien como nosotros,  pero lo hace a su manera. Visto lo cual es preferible no delegarle la facultad del raciocinio.

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La voz interior

Siempre acompaña el trazo sobre el papel o al repicar sobre el teclado, y a su paso resuena en mi cabeza la cadencia y segura guia de mi palabra. No hay giro o frase que no supere este filtro.
Podeis pensar que esté chiflado o renegar de mi gusto, pero estoy en eterno diálogo y me sirve de guía.

Algunos lo llevan mas allá y la piensan conciencia, yo se que simplemente mi mente es capaz de convocar el recuerdo de mi voz acompañando las palabras que acuña.
Ayer fui mas consciente de esta voz interior cuando oi en verdad cómo otra se materializaba.  Cuando acontece que su autora te lee un texto cuyo conenido ya conoces, puedes centrar tu atencion en la inflexión y tono de la voz, y el texto revive a tu presencia tal como vio la luz y de manera pristina.
Por eso la imprenta no mato a recitadores y rapsodas.

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La Perversión de la Individualidad

Hace tiempo que observo varios fenómenos que por fin hoy he decidido caben bajo un mismo epígrafe: Se está pervirtiendo el concepto de individualidad. Tenemos de un lado una exaltación del individuo, de otro un individualismo infantiloide y mal entendido:

Por una parte, se apela a la responsabilidad individual para dejar de cargo del individuo problemas y fracasos que son colectivos, especialmente en materia económica. Nunca una corporación o gran empresa debe resultar responsable de nada, si acaso, el individuo es incompetente, irresponsable o vago. Si usted no trabaja es porque no quiere. Si usted se intoxica con un medicamento es por automedicarse. Si le pierden la maleta en un aeropuerto es por no viajar ligero de equipaje.

Pero por otra parte, se espera a diario que el poder público, sea el director general de carreteras, el médico de la seguridad social, el maestro de escuela, el juez o el guardia urbano estén solícitos a solventar problemas individuales que sólo la previsión y la responsabilidad individual evitan. También hay una demanda creciente de soluciones, subsidios y “derechos” a cambio de nada.

Luego está la cochambrosa renuncia a la intimidad como modelo de exaltación de una individualidad vacía de contenido. Se normaliza en el espacio público el mercadeo y exhibición de la propia existencia, cuanto más vana mejor, como ejercicio de supuesta afirmación y culto a la identidad individual. Todo empezó con las cámaras de video domésticas y los concursos de videos de bodas y accidentes variopintos, pero siguió con los concursos de matrimonios y ligoteos, hasta culminar en los programas nocturnos con circos de frikis, el Gran Hermano, las islas de casposos, y todos sus derivados. Mientras, en la web se desarrollaron los chats y las webs sociales donde cualquier observador atento puede encontrar foros que se usan como confesionarios laicos de intimidades…

De verdad, esta es la individualidad que queremos?

 

Aquí hay una cosa clara: pasó (espero que transitoriamente) la época de las grandes narrativas sobre la sociedad y el mundo. Fracasaron, como no podía ser de otro modo, pues partían de unos supuestos ficticios sobre la naturaleza humana y olvidaban al hombre o la mujer concretos, todas las apelaciones al esfuerzo individual en pro de la transformación social.

Aparentemente libre de toda restricción el individuo nos es presentado como el ganador de una carrera en pos del fin de la Historia, sin un gran discurso, sino en una bonita colección de entregas audiovisuales y mediáticas. Todo, para convencer de los tres argumentos que encabezan esta discusión:

1. Cada persona es responsable de su propio destino en lo que a prosperidad material y salud se refiera. Las empresas, asociaciones y entes que conforman lo que se viene llamando la sociedad civil no tienen responsabilidad alguna, de hecho no existen en el discurso, como no sea para loar su superioridad moral sobre el estado.

2. Sin embargo, el estado o el poder público en general, viene obligado a solventar la más nimia contrariedad existencial que le surja a un individuo en su vida privada y familiar. En ese momento todo parece deficientemente legislado y no hay materia que no merezca subsidio. Panem et circenses. (o como decía en el S.XIX Leon de Arroyal: “Haya pan y haya toros, y más: no haya otra cosa”

3. Y entramos en el tercer argumento: la individualidad entendida como la exhibición pública de la intimidad y también del culto al cuerpo y los cánones estéticos del momento. Todo ello como materia prima de una inmensa industria de entretenimiento.

 

Este tercer apartado merece un comentario más detallado, pues aquí confluyen varios factores.

Lo que ahora me parece más importante: asistimos a la liquidación de las posibilidades de aumentar la instrucción pública.

Me explico: La escolarización universal creó en el siglo pasado un marco propicio al extender la cultura, para aumentar el número de los ciudadanos pensantes y profundizar en la Democracia. No tardaron en surgir los apologetas de la apatía y desde los ochenta del siglo pasado los teóricos de la sobrecarga gubernamental y la ingobernabilidad, por aquello de las expectativas crecientes del punto 2.antes mencionado.

Pero los efectos de la escolarización están en franca remisión. Reforma tras reforma y a oleadas de privatismo nos estamos cargando la enseñanza, y poco a poco la gente retrocede culturalmente a los siglos anteriores. Entonces eran analfabetos, ahora tenemos la categoría del analfabeto funcional. Qué tipo de cultura es asimilable para este gran público? no la escrita, no la de densas obras de pensamiento, sino una cultura oral y visual, que se ha fusionado, merced a la industria cultural, con los nuevos soportes. Durante el siglo XX, con el cine (Hollywood, no el independiente) las discográficas, las cadenas de televisión privadas y públicas que las imitan o al servicio del adoctrinamiento y por fin en el s. XXI la gran industria de entretenimiento que se teje en internet. Pues al final, de eso se trata…

Siempre el pueblo menudo ha tenido necesidad de distraer sus penas contemplando las ajenas. En el S.XVI, y aún más tarde, iba el ciego por los caminos, de pueblo en pueblo, relatando crímenes y sucedidos, todo ello vidas ajenas, y se exhibían rarezas humanas o animales en las ferias. Ya entrado el S.XX hubo por una parte diarios de sucesos o programas de televisión sobre crónica negra. Como alternativa, por otra, la prensa rosa (amarilla) y los programas y concursos de televisión anejos.

Pero lo grave, a día de hoy, es que amén de “distraer” (por lo tanto, alejar de la mente de los ciudadanos los problemas reales y por tanto también de la agenda pública) están ofreciendo al niño, al ama de casa, al jubilado, al parado y al trabajador trasnochador MODELOS de CONDUCTA, que al ofrecerse públicamente se sugieren como lícitos y practicables. Esto aclaro que vale también para el “entretenimiento” que se encuentra en la red, mucho de él supuestamente para personas con mayoría de edad legal, no digo que con edad mental adulta.

Pronto, la perspectiva vital que se ofrecerá a cualquier individuo será la de obtener una instrucción limitada a lo necesario para el sistema productivo, aguantar las condiciones de supervivencia que se le ofrezcan, lloriquear a unos servicios sociales cada vez más dejados, eludir encuentros desagradables en la vía pública y pasar su tiempo excedentario en un exiguo habitáculo con conectividad a medios de entretenimiento telemáticos donde podrá ejercer su derecho a voto en concursos y nominaciones o su derecho a la participación exhibiendo una vida privada estereotipada lo que le llevará al apoteosis de sus cinco segundos de gloria como individuo. Y bien podrá entonces decir que aquellos segundos valieron por una vida.

Vivir para tomar nota

Siempre me he considerado un testigo lúcido de mis días. Desde que tengo uso de razón me he dedicado a entender el mundo, sabiendo que es el primer paso para mejorarlo. Pero sé también que el mundo y las personas que viven en él son reticentes a las buenas intenciones y las mejoras.

Es así como se llega a ver el mundo de otro modo: las cosas y las personas como fuente de infinito conocimiento, escuchar a todos para aprender de todos. Y en esa sabiduría anotar y proyectar. De tarde en tarde asoman la compasión o el compromiso, pero no faltará quien te diga que los guardes en el bolsillo. Debí estudiar para notarías y limitarme a levantar acta de cuanto a mi alrededor ocurre. Así, entre acta y acta tendría en buen pasar y una vejez serena y asegurada.

Pero ya me resigné a ser  pobre, y a tener la íntima satisfacción de cada día saber más y poder decir: yo esto ya lo sostenía, de aquello ya avisé… o estaba previsto.  Aunque por aquel entonces, transparente como el aire y mudo como el confesor nadie me escuchara, como al gato de escayola.

Divagaciones mias…

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Cada uno en su sito

Hace tiempo que experimento cierto desasosiego cada vez que oigo hablar de ponerse en el lugar de otro. La frasecita de marras pronto será tan célebre como aquella rancia y altanera de no sabe usted con quien está hablando. Por aquellos tiempos la verdad es que era muy arriesgado ponerse en la piel ajena, y todos sabían al dedillo qué esperar del otro. (básicamente, nada). Por eso, la expresión resultaba amenazadora amén de ofensiva.

Pero hoy vivimos bajo la ideología ñoña del continuo baile de sillas. A base de simular que nos ponemos en el lugar del otro disimulamos muy bien que ya nadie ocupa el suyo, en flagrante dejación de funciones y responsabilidades.

Por eso, amigo mío, no me cuentes tus penas que te veo venir a endosarlas a las mías. Estáte en tu sitio, que ya te veo y reza lo que sepas para que yo ocupe el mío.

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No es lo que tengo, es lo que soy.

Hubo un tiempo antes de mi primer reloj de pulsera.
Yo medía el transcurso de los atardeceres por la intensidad de la luz solar. Un tiempo sin ordenadores, con televisor de tubo catódico y dos canales públicos en blanco y negro.

Nada tuvo que ver mi primer reloj con el resto de los cambios, pero todos tienen en común ese aire de modernidad y poder que parecen conferirnos. En realidad nos unen al vecino con la cadena del hábito, la moda, la velocidad y el tiempo pautado.

Me confieso capaz de dejar mi móvil, aun encendido, en un cajón, donde no lo oigo, y de tanto en tanto si tengo tiempo (jeje) me concedo el lujo de separarme de mi Viceroy y adivinar el transcurso de las horas.

¿Y llegará el dia que nuestro supremo acto de extravagente rebeldía sea moler manualmente el café dejando aparcada la Nespresso?

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