Ortega

imagen843 EL MITO DE LA MODERNIZACIÓN

DE

 

FÉLIX ORTEGA


Tras una introducción de veintidós páginas destinada a proporcionar una visión de conjunto y remarcar las ideas que él considera principales Félix Ortega divide al libro en cuatro partes:

La primera, que titula  la dedica a estudiar el cambio social en España, especialmente en lo que va de siglo. Dividida en dos capítulos, el primero hace un repaso del proceso de modernización español cuya especificidad es su temprano inicio, su lento desarrollo con parones y retrocesos y la inestabilidad de los cambios acaecidos desde la transición a la Democracia. Hace hincapié en las causas del fracaso del intento modernizador de la segunda república y el último apartado, a mi juicio verdaderamente importante, lo dedica al mito de la modernidad, a mostrar las amenazas que se ciernen sobre esa modernidad recién alcanzada:

el cierre social, que pone fin a la ilusión igualitaria de movilidad social ilimitada, limitando los nuevos ascensos a la endogamia y la cooptación, con la consiguiente estabilización de las clases sociales, el creciente dualismo social que se refleja en los propios mecanismos de protección social y corrección de desigualdades, la determinación de la categoría social según la clase de procedencia, no según los logros personales, la erosión del ámbito público, la racionalidad y el universalismo, el papel de los medios de comunicación de masas en todo esto, portavoces de grupos privados organizados, transfiriendo legitimidad social de lo público a lo privado y cuyo discurso se basa en la opinión, no en la razón. La actitud del sujeto en una cultura individualista, reclamando derechos pero sin asumir responsabilidades. La inexistencia de control de la moralidad pública.

El segundo capítulo de esta primera parte se detiene en el cambio social durante la transición democrática y desarrolla in extenso los temas antes citados.

 

La

segunda parte, Elites, enlaza con la temática de la movilidad y el cierre social y la dedica al estudio de la formación, composición y evolución de los grupos dirigentes en la sociedad española desde el absolutismo, pasando por el siglo XIX, el franquismo, la transición y la etapa de gobierno del PSOE. Se detiene en el surgimiento de nuevas elites en la etapa desarrollista, el papel de la burocracia y la amalgama de elites en la transición, el asentamiento de la mesocracia a partir de los 80 y la transformación, alentada por el individualismo, de la clase política en una clase económica. Habla luego de los límites a la circulación de elites.

Dedica un segundo capítulo a la gobernabilidad y las clases dirigentes regionales: aquí habla del conflicto entre estado central y nacionalidades como un conflicto entre elites centrales y periféricas, de la necesidad durante la transición de un nuevo diseño de estado que incluyera a las elites regionales para ampliar la legitimidad estatal, lo que llevó a la fórmula del estado de las autonomías y un reparto de competencias generalizado, y de las consecuencias políticas y sociales de estos mesogobiernos, con aumento de la legitimidad, pero también del particularismo.

La

tercera parte Formas de Vida se basa en dos estudios empíricos dedicados a la problemática del Género en la identidad social de los jóvenes y a la vida e integración social de los jóvenes residentes en barrios periféricos.

El género lo estudia a través de las prácticas e instituciones sociales, siendo el círculo de amistades y la escuela los ámbitos más igualitarios, mientras en los espacios públicos trabajo, política, en la familia y en los medios de comunicación de masas (en especial la publicidad) es donde se concentra la diferenciación y la discriminación en favor del hombre, de modo que para abrirse paso la mujer debe demostrar, cuando se le permite, una superior cualificación.

Es de notar que la discriminación de género se concentra en la política, el trabajo, la religión, la televisión y la familia, que constituyen el núcleo básico del sistema social por lo que la situación tiende a perpetuarse si no existe presión en sentido contrario. Además, con la revalorización de la familia y el creciente crédito de los medios de masas es posible que las posturas de tipo masculino tradicional ganen terreno.

Es muy esclarecedor el capítulo dedicado a la integración social de los jóvenes periféricos, según el cual la personalidad y la posición social resultarán del barrio de origen y la posición social de la familia.

En estos barrios existe un subsistema de estratificación propio, por lo que los términos de comparación no salen del barrio y difícilmente se perciben agravios comparativos, la familia se encarga del ajuste integrativo, garantizando la reproducción de las desigualdades sociales, el empleo se consigue vía adscripción social (familia, amigos) e incluso el fracaso escolar sirve para ajustar las expectativas y reforzar la integración en el barrio, pues reduce las aspiraciones en el ámbito laboral y evita las frustraciones que acarrearía un masivo éxito académico. 

La cultura popular ha sido reemplazada por la cultura escolar (tradicional) cuyo máximo aporte a largo plazo sea tal vez la introducción del hábito de la lectura, incompatible con un espíritu gregario, difícil de introducir porque sólo aporta gratificaciones privadas y por la cultura de masas. Ésta es predominantemente audiovisual e incluye la creencia en el azar, lo que contribuye a un cierto fatalismo y aceptación del presente y a que no se responsabilice por él a ninguna institución ni poder visible.

En esta tercera parte una cosa me ha sorprendido en este capítulo: en la página 204 al hablar de la familia de estos jóvenes se permite la siguiente reflexión sobre lo poco frecuente del lavavajillas en estas familias: “Quizá debido a que como un gran número de las madres son amas de casa, la adquisición de tal aparato las despojaría de uno de los aspectos más visibles de su rol.” ¿En serio cree esto Félix Ortega? ¿No son más probables otras motivaciones como lo estrecho de la economía familiar o la renuncia del ama de casa en favor de un gasto en comodidad de otro miembro de la familia?

 

 

La

cuarta parte, Legitimaciones, la dedica al estudio de la cultura. Da su visión de la crisis universitaria, del declive de los intelectuales tradicionales y de la pujanza de la industria mediática como creadora de opiniones sociales. Esta industria de la conciencia es ahora quien atribuye o quita socialmente la condición de intelectual (siendo éste un mero burócrata a sueldo suyo), y quien gobierna la opinión legitimando el orden social, moralizando y otorgando relevancia y notoriedad. Asume funciones de espacio público normativo (difunde un universo moral prescriptivo) y representativo: dice recoger la opinión pública que emana de la sociedad civil, mediante sondeos y sistemas interactivos. En definitiva, produce una cultura de normas uniformes y variables cuyo criterio de validez es l a mayoría, de modo que el reinado de la opinión consagra el imperio del gusto sobre la razón.

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